El fin de la campaña: Stranger Things y la incomodidad de crecer
En las últimas semanas vi con mis hermanos los capítulos finales de Stranger things. Hubo dos noches; la del 25 de diciembre fue de maratón: nos acomodamos en el comedor y no nos fuimos a dormir hasta que los terminamos. La segunda, el 1 de enero, tuvo mucho gusto a cierre y nos quedamos varios minutos en silencio hasta que nos levantamos y comimos algo.
Hoy, escribiendo sobre el final de la serie, me surgen algunas inquietudes relacionadas a los inicios: ¿cuánto demoró la gente en ver la primera temporada? ¿alguien la terminó en un día o dos? Yo no recuerdo mi experiencia, si soy sincera. De lo que sí soy consciente es de que los túneles de esta historia fueron extendiéndose en algún momento, y no puedo definir bien cuántas conversaciones tuve sobre los personajes, a cuántas personas la recomendé o cuántos recuerdos quedarán atados a ella. En resumen, hoy me pregunto ¿en qué momento dejó de ser “la serie nueva de Netflix” para convertirse en algo más grande, más popular, más difícil de esquivar?
Cuando Stranger things apareció en nuestras vidas, era la “serie de los 80”. Se estrenó en el 2016, pero ya los primeros segundos del capítulo piloto nos transportaron. La música de la introducción, la tipografía inspirada en libros de Stephen King, la vestimenta de los personajes, los escenarios, el juego de rol, incluso el suspenso generado por experimentos gubernamentales vinculados con la Guerra Fría le rendían homenaje a las películas e historias que Matt y Ross Duffer dicen que aman.
Conforme pasaban los años y las temporadas, el vínculo entre Hawkins y el mundo real se complejizó de tal manera que ya no creo que pueda ser una “serie para reseñar”. Stranger things se fue convirtiendo en un fenómeno, en cultura pop, en una historia “mainstream” y uno de los peligros de todo esto es que la estructura puede empezar a aflojarse y sus cimientos a debilitarse. Comienzan a aparecer cada vez más inconsistencias, contradicciones y ambigüedades que obligan a los más fanáticos, muchas veces, a elucubrar teorías que justifiquen las decisiones de los escritores. En este punto, se podría pensar que Stranger things, en su tercera temporada, se acercaba al tipo de fracaso asociado al abandono de la serie, pero no ocurrió. Seguimos mirándola. Yo muchas veces no entendía bien por qué si ya me había enojado bastante, pero ahí estaba en el sillón, enganchada a la cuarta, comparando a Vecna con Pennywise y subiendo historias a Instagram, diciendo que sentía un eco de las primeras temporadas y que eso me satisfacía.
Y yo no era la única, porque el último episodio se estrenó el 31 de diciembre y miles de personas, en una noche festiva como esa, le pusieron play. Es más, si no recuerdo mal, en dos ocasiones el servicio de Netflix colapsó en estrenos vinculados a Stranger things (obvio, es la primera serie de la plataforma con sus cuatro temporadas en el Top 10 de las producciones más vistas simultáneamente). ¿Esto fue por moda? ¿Por la expectativa? ¿O compartimos todas las temporadas porque prometían devolvernos a una época en donde se contaban historias que llegaban de verdad al corazón?
Antes dije que, cuando cerramos la puerta del sótano de Mike, nos quedamos unos minutos en silencio. Internamente, tenía varias ideas y sensaciones dando vueltas: “me faltó un poco más de pelea”, “me sobraron minutos en la terraza”, “qué rápido se recuperó Max y qué bien se puso al día en la escuela”, etc. No sabía si decir en voz alta que me había gustado, pero que no me sentía demasiado conforme, o si esperar a que alguien más hablara. Y ocurrió, no sé bien quién fue el primero, pero comenzamos a hablar y mis ideas se fueron ordenando de alguna forma. El final me había gustado dentro de lo que esperaba: había gritado en varias ocasiones, me había sorprendido en algunas y adivinado lo que iba a suceder en otras. Habíamos compartido, con mis hermanos y mi cuñada, dos horas y ocho minutos, momentos de expectación y algo de euforia. ¿No estaba buscando justamente eso? ¿Reconectarme con emociones ligadas a las provocadas en el 2016? Por supuesto que sí, aunque también iba cautelosa. Muy fresco tengo lo que hicieron con Joyce como personaje y sé que hay cuestiones que no se arreglan en un capítulo final, por más largo que sea.
Después entré a diversas redes. Dios mío.
Acá espero ser clara: no estoy en contra de que la gente exprese su opinión en sus cuentas sobre una película, serie, libro, experiencia. Sin embargo, ignorar el efecto que tiene participar de estas prácticas sociales (como creador y consumidor o consumidor solamente) es obviar, casi adrede, que estamos atravesados por esos discursos. Ya todos sabemos que si se va a estrenar una película, una serie o si se publicará un libro que ya ha generado expectativa, lo más “sabio” es alejarnos del celular, porque corremos el riesgo de que alguien nos adelante demasiado. Voy un poco más allá. No sólo pueden “spoilearnos”, también nos condicionará. ¿A nadie le pasó de ir al cine a ver un estreno que venía siguiendo con interés, después de días de críticas feroces en Internet, y salir de la sala relativamente satisfecho/a?
Si bien no voy a entrar en detalle sobre este tema -ya lo he trabajado un poco en un artículo anterior sobre la lectura y las redes sociales- es necesario tenerlo en cuenta para intentar comprender lo que está pasando con el final de Stranger things. Siento que, globalmente, estamos atravesando una especie de “duelo” extraño: por un lado, hay gente muy enojada, otros la están volviendo a ver porque sienten un vacío, muy pocos expresan cierta conformidad y aceptación; la gran mayoría está embarcada en el “conformity gate”. Es alucinante y lo explico mínimamente. (Al final, dejaré links para los que quieran chusmear un poco).
Parece que la insatisfacción con la última temporada y/o el episodio final ha desencadenado la teoría de que lo que vimos no es el verdadero cierre de la historia, sino un engaño. Las razones y pistas son varias. Parten de la base de que nos mienten los hermanos Duffer y hoy sale el capítulo definitivo; por eso, hay que rastrear las señales en escenas, en las cuentas de Netflix, en las de los actores, en las respuestas que dan en las entrevistas… ¡en todos lados! Debo reconocer que estoy muy entretenida con todo esto, aunque no consumo TikTok y las veo más en Twitter (jamás diré X), y tengo varias favoritas por ejemplo:
No, no me volví loca y copié una imagen de lo mismo dos veces. Si prestan atención, verán que las carpetas de los personajes están en otro orden: uno corresponde al que vimos en el episodio, el otro, a una foto que subió el actor que interpreta a Mike. De aquí proviene el famoso “X a lie” que anda circulando por las redes, por poner un ejemplo visual y breve. ¿Están jugando con nosotros desde un principio? ¿Se están aprovechando de lo que generó el final de Stranger things? Porque sí, parece que será la temporada peor calificada, pero ¿y este revuelo? Es fantástico, y surge precisamente de lo que mencioné antes: los discursos en las redes. Todo se replica, se comparte, se lee, se consume de manera tan masiva, tan veloz, tan emotiva, que es casi imposible salir ileso de ahí. Entonces, me pregunto ¿qué recuerdo nos va a quedar del final de la serie? ¿El sabor amargo de un enojo amplificado hasta el hartazgo en redes (llegaron a decir que es peor que Game of thrones)? ¿O estos días de búsqueda detectivesca, compartida, casi lúdica, que volvieron a reunirnos alrededor de una historia?
Cuando mi mejor amigo me preguntó qué me había parecido el final, sentí que tenía que hacer un poco de esfuerzo. Pretendía no dejarme llevar por la ola de decepción —es más, no coincido con quienes dicen que la escena de Will abriéndose y revelando su sexualidad está mal ubicada y es cualquier cosa—. Quizás por eso me costó responder qué me había parecido el final: porque no lo estaba mirando desde un solo lugar, y sospecho que no fui la única. En estos días, muchos parecimos ocupar de repente el lugar de críticos atentos a enumerar errores, a buscar fallas como si de pruebas se tratara; y en ese rol —aunque a veces sea legítimo— algo del disfrute también se pierde.
En definitiva, quería dar una respuesta que sí fuera genuinamente mía: para mí el cierre de Stranger things está bastante acertado. Intentaré explicar por qué lo veo así.
Dije que no todo cierra a la perfección en esta serie. Quien llega a la tercera temporada ya entiende que la construcción narrativa no será el fuerte de Stranger things, y entonces ¿cuál es? No respondería que se defiende únicamente con la ambientación. Al principio, los hermanos Duffer quisieron contar una película de 8 horas de duración con “sensibilidades más infantiles”, es decir, monstruos visibles y concretos. Eso nos dieron, pero, conforme los personajes crecían, le sumaron algunos temores más. En la última temporada, ya no nos asustan tanto los demogorgons, sino el control mental que puede ejercer Vecna/Mindflyer sobre quien quiera: utiliza sus miedos, lo paraliza o lo lleva a actuar como él necesite.
De manera que la serie ya no trata sólo de un grupo de niños cuyo juego de rol se ha vuelto realidad. Sí, en las primeras temporadas había mucho de eso. Debían aprender, por un lado, a lidiar con lo “caótico bueno” y a integrarlo en su vida (aquí Eleven sirve como símbolo y como guiño a E.T.: El extraterrestre), y por el otro, necesitaron llevar sus estrategias a la realidad para enfrentar lo “caótico malo”, que incluía no sólo criaturas del Upside down, sino también a los científicos y militares. Sin embargo, la adolescencia nos llega a todos y en esta serie los personajes siguen unidos por los eventos traumáticos que atravesaron juntos, pero también empiezan a tener inquietudes ligadas a quiénes son, quiénes quieren ser y qué respuestas ya no alcanzan.
A esta altura, la serie se siente como el cierre de la infancia y todo lo que eso significa: dejar de jugar, redefinir roles, separación de amigos, aceptación, duelos, “vencer miedos”, o por lo menos intentar enfrentar aquellos que no nos dejan avanzar. A mí también me hace ruido que el 6 de noviembre no haya tenido ninguna importancia realmente o que los demogorgons estuvieran de vacaciones en el enfrentamiento final, pero el epílogo me llevó a otro lugar. Ya no estaba en la misma Hawkins, como dice Robbin. No era la que recordaba.
No sé qué parte de todo este fenómeno ha sido pensado desde el principio; me da más la sensación de que hubo mucha construcción “sobre la marcha”. Pero creo que el público objetivo, a pesar de hacer miles de videos enojados y frustrados, acompañó a la serie hasta el final, fue un mercado fértil de gente adulta cuyo consumo está orientado, cada vez más, al ocio o a la satisfacción de gustos infantiles pendientes. Los hermanos Duffer con Stranger things nos construyeron un espacio seguro, donde los guiños a una época de estética bien marcada y una banda sonora que transporta sí o sí nos conectaron con la fantasía infantil, siempre añorada, pero siempre efímera también.
La nostalgia es, entonces, la gran protagonista y no surge precisamente en las últimas escenas. Recorre con nosotros todo el final, me atrevería a decir que nos acompaña silenciosamente desde el principio de la temporada hasta que nos habla en la terraza con Steve, Robbin, Nancy y Jonathan; esos personajes que estaban en “terreno intermedio”, entre los adultos y los niños, que intentaban ser líderes, pero que no siempre lo conseguían y se dejaban llevar por los más chicos. Nadie puede decirme que no sintió una punzadita cuando los cuatro se prometen verse una vez al mes en algún sitio intermedio. Y sí, como vi por ahí, todos sabemos que esa promesa va a ser difícil de cumplir. La primera vez que vi el capítulo sentí que era una escena demasiado larga, ya la segunda la disfruté mucho más. Lo recomiendo, ya no gana la ansiedad por saber dónde está Eleven o a dónde van Mike, Lucas, Dustin y Will.
¿Y cuando vemos el aspersor y la fachada de la casa de los Wheeler? Toda esa “última campaña” de DyD es preciosa, no sólo por los paralelismos con el primer capítulo de la serie o por el relato sobre la maga que revela Mike. Es preciosa porque cada uno está cerrando su historia, el arco del personaje que los representa. Dejar la carpeta en el estante, dejar que los más chicos se sienten en la mesa e inicien una “nueva campaña” se convirtió en, para mí, el verdadero corazón de Stranger things. ¿Se desvió? Ya lo creo, un montón, pero yo también me desvié desde el 2016.
La nostalgia, decía, es la gran protagonista. Seguramente por eso me quedé en silencio cuando terminó el capítulo, porque Stranger things me dejó incómoda a otro nivel; más de lo que supuse que pasaría debido a errores en el guion. Estuve siempre queriendo que volvieran a la primera temporada, a la segunda, y eso es imposible, no sólo porque los personajes crecieron y lidian con otras cosas, sino porque ese espacio ya no existe. Y unida a la nostalgia, también surge el miedo: si la vuelvo a ver ¿qué voy a encontrar en la primera temporada? ¿me va a pasar como con Harry Potter? Que sí, sigue siendo mi saga de fin de semana, y la voy a defender de quien ose decir que está mal hecha, pero también es cierto que sé reconocer aspectos flojos (y no sólo en la versión audiovisual).
Dudo que los hermanos Duffer hayan pensado en todas estas cosas y muchas veces hablan y la “embarran” más, pero los que consumimos historias en el formato que sea sabemos que éstas viven en ese terreno híbrido entre quien las escribe y quien las recibe, son un poco de ambos y bastante de nadie; por eso, Stranger Things es capaz de recordarme que la imperfección es parte de la narrativa y que si Mike se agarra de algunos elementos que a mí no me convencen para aceptar la desaparición o muerte de Eleven, yo también, más de una vez, me cuento relatos también imperfectos para sobrellevar la vida.
Links de interés:
https://www.reddit.com/r/byler/comments/1q1la6m/pay_close_attention_to_the_extra_in_the_back/
https://www.reddit.com/r/byler/comments/1q1t5iz/conformitygate_all_reddit_evidence/
.png)
.png)

Comentarios
Publicar un comentario